domingo, 2 de agosto de 2015

EL PALACIO DE CNOSOS O EL LABERINTO DEL MINOTAURO

Decir que es el palacio minoico más importante de Creta puede ser una obviedad; aún así, sus columnas rojas y sus maravillosas pinturas murales no dejan indiferente a nadie.


 
Entrada norte al palacio de Cnosos. © National Geographic



Empezaré explicando que la cultura minoica es la primera cultura europea de la edad del cobre y del bronce (3000-1450 a.C.), que apareció en la isla de Creta y por ello también se la conoce como cultura cretense 
El nombre de minoica se lo debemos al descubridor del palacio, el arqueólogo británico sir Arthur Evans, que supuso que se trataba del palacio del rey Minos, asociado a la leyenda del Minotauro, aunque no sabemos con qué nombre se autodenominaban. En algunos textos del Antiguo Egipto aparece mencionado el pueblo keftiw, que parece referirse a los habitantes de Creta, uno de los pueblos del mar que tantos problemas causaron a los antiguos habitantes del Nilo.
Fue a finales del siglo XIX cuando el arqueólogo alemán Heinrich Schliemann (descubridor de la famosísima Troya) intentó adquirir los derechos de explotación de la colina de Kefala, posible ubicación del palacio de Cnosos; pero al final no lo hizo. Tras la liberación de Creta de los turcos en 1898, Arthur Evans adquirió esta colina en 1900 y empezó los trabajos de excavación del palacio.
Era una época distinta a la nuestra y el arqueólogo se hizo construir como base de operaciones un palacete de estilo eduardiano junto al yacimiento al que llamó Villa Ariadna. Las excavaciones terminaron en 1932, con un período de pausa durante la primera guerra mundial, siendo casi treinta años de su vida los que Evans dedicó a este gran descubrimiento.
Villa Ariadna. © La simiente negra
Las leyendas guiaron a Evans en cada uno de los descubrimientos que hizo, siendo la leyenda del Minotauro la más importante. El rey Minos era hijo de Zeus y de Europa y pidió a Poseidón apoyo para ser proclamado rey de Creta tras la muerte de su padre. Para concedérselo el dios del océano le pidió que sacrificara un hermoso toro blanco salido de los mares. Pero Minos no lo hizo; se encaprichó del toro y sacrificó otro en su lugar. Entonces Poseidón hizo que la mujer del rey, Parsifae, sintiera deseos de yacer con el singular toro. La evidente dificultad por la diferencia de especies se solventó con la ayuda de Dédalo, que construyó una vaca de madera recubierta con auténtica piel de vacuno para que pareciera real. El toro, engañado, yació con ella y de esa unión nació Asterión, más conocido como el Minotauro.
Cuando Minos se enteró de la traición de su esposa, entró en cólera y la encerró hasta la muerte. Pero no todo quedó ahí. El Minotauro solo comía carne humana y era cada vez más salvaje e incontrolable. Dédalo fue de nuevo el encargado de la solución: construyó el laberinto de Creta, con pasillos que se entrecruzaban entre ellos en todas direcciones y el Minotauro fue abandonado justo en el centro de la construcción. El rey quiso que el diseñador también quedara encerrado en este laberinto, pero él y su hijo Ícaro consiguieron salir.

Dédalo huyendo del laberinto. Grabado de Durero
Tras la victoria de Minos sobre Megara y Atenas, el rey pidió como condiciones de rendición a estas ciudades la entrega de siete hombres y de siete mujeres jóvenes cada año. Estas catorce personas eran encerradas en el laberinto, para que sirvieran de alimento al Minotauro.
Pasados unos dieciocho años Teseo, deseoso de liberar a su pueblo de tales condiciones y sabedor de que estos jóvenes eran sacrificados, se dispuso a matar al Minotauro. Su idea era la de ofrecerse para el sacrificio y luego acabar con el monstruo. Cuando llegó a palacio, Ariadna, la hija de Minos, se enamoró de él y le ayudó en su empresa. En realidad, la idea partió de Dédalo (al parecer el hombre más importante en toda esta cuestión) que le dijo que sólo se podía salir del laberinto si desenrollaba un hilo y luego volvía siguiendo este mismo hilo.
Plano del Palacio de Cnosos.
Teseo entró, luchó con el Minotauro (dicen que con una espada que le había facilitado Ariadna) y salió de allí ileso. Tras esto, ambos abandonaron Creta, tal como ella le había pedido como recompensa por ayudarlo.
Teseo y el Minotauro.
Quizá debería añadir que la historia no tuvo un final feliz. Hay varias versiones. Según Homero, Artemisa la mató; según Hesíodo, Teseo la abandonó en una isla, donde de casó con Dionisio. Después quizá se ahorcó o quizá la mató Perseo. Toda una leyenda creada según el gusto griego clásico.
Lo que sí parece tener sentido es que de esta leyenda viene la expresión “el hilo de Ariadna”, que se emplea para referirse “a una serie de observaciones, argumentos o deducciones que, una vez relacionados, nos llevan con mucha facilidad a la solución de un problema planteado que parecía no tener salida” (1).
Dejando de lado la leyenda que dio nombre a este famoso palacio, me adentraré ahora en la figura de su descubridor y excavador y, por qué no, restaurador y reconstructor.
Sir Arthur Evans nació en 1851 en Nash Mills, cerca de Londres, y su pasión por la arqueología le surgió durante un viaje con su padre John Evans, renombrado geólogo y anticuario, a las excavaciones paleolíticas del valle del Somme en Francia. Durante su etapa de estudiante en Oxford viajó por diversos yacimientos europeos, con especial interés por los hallados en la zona de los Balcanes.
Se instaló en Croacia como corresponsal de un diario en Dubrovnik, lo que le permitía viajar por la zona de su interés, y al volver a Londres fue nombrado conservador del Museo Ashmolean. Este museo tenía una de las colecciones arqueológicas más importantes del siglo XIX en Europa y Arthur Evans la aumentó con las piezas que conseguía en sus viajes.  
Tras la muerte de su esposa por tuberculosis, Evans se dedicó a estudiar los objetos descubiertos en Creta, en concreto las inscripciones, ya que tenía la teoría de que debían ser los precedentes de la escritura griega clásica, tema en el que estaba especialmente interesado. Abandonó su puesto de conservador en el Ashmolean Museum y viajó hasta la isla en 1894.
Visitó el lugar donde supuestamente se hallaba el palacio del rey Minos y se decidió a preparar una excavación. El primer obstáculo fue la obtención del permiso para excavar el terreno, ya que el gobierno otomano obligaba a los arqueólogos a comprarlo, cuestión que se resolvió el 23 de marzo de 1900. El segundo fue su inexperiencia en la organización de una excavación, por lo que formó un equipo con expertos: Theodor Fyfe, arquitecto encargado del dibujo de los planos, y Duncan Mackenzie, arqueólogo que dirigía la excavación.
Arthur Evans y su equipo durante la reconstrucción del palacio de Cnosos. Ashmolean Museum. © National Geographic
No hizo falta mucho tiempo para que aparecieran las primeras estructuras, unas mil quinientas estancias comunicadas entre sí. Conocedor de la cultura griega, en seguida lo asoció a la leyenda del rey Minos y al Laberinto del Minotauro. Evans imaginó la fastuosa corte de este rey, sus salones, las asambleas de los ancianos, el salón del trono… Y lo reconstruyó.
Reconstrucción del Palacio de Cnosos. © National Geographic
Efectivamente, eso fue lo que hizo. Se inventó, literalmente, una civilización antigua. Como he dicho antes, eran otros tiempos, en los que la arqueología quizá no tenía tanto de científico como ahora, y que en estos momentos es algo imposible de imaginar.
Toros del palacio de Cnosos. 
Evans encontró en las innumerables salas vasijas, murales coloridos y unas 3000 tablillas de barro con inscripciones en lengua minoica que dató entre los siglos XVIII y XII a.C., anterior a la cultura micénica (s. XV a.C.). Este descubrimiento fue lo que más le impactó ya que ese había sido su interés inicial, la escritura.
Tablilla micénica con escritura lineal B. Museo de Heraclión. © National Geographic.
El palacio se organizaba a partir de un patio central al que se accedía por dos corredores, estando el del norte decorado los frescos del “Príncipe con la flor de lis”. El desnivel topográfico de la zona hace pensar que el palacio se organizaría en cuatro o cinco pisos, como un sistema de terrazas de cubiertas planas.
Desde el patio se distribuían las demás salas: las estancias de la reina, la zona de baños y letrinas, la sala de la Guardia Real, los almacenes, etc. Todas las estancias presentaban restos de pintura mural que Evans acabó de pintar; imaginó cómo debían ser y rediseñó lo que él pensaba que podía haber sido.
Damas azules. © National Geographic.
Es cierto que Evans acertó en muchos aspectos de la restauración – reconstrucción que llevó a cabo pero no lo hizo en otros. Por ejemplo, en estructuras de dos pisos que reconstruyó, ni más ni menos, con hormigón armado, algo considerado totalmente inadecuado en nuestros días, pero que le permitió un sistema perfecto para lo que creía estar haciendo: preservar el monumento de la intemperie  y conservarlo para futuras generaciones.

Sala de las Dobles Hachas. © National Geographic.
Sir Arthur Evans recibió el título honorífico de Caballero del Imperio Británico en 1911 por sus importantes descubrimientos arqueológicos. A pesar de algunos fallos, sus hallazgos revolucionaron el estudio de la Grecia Antigua y del resto de culturas mediterráneas.
Más información:
(1)Entre Dichos por Ángel Luis Gallego Real
Palacio de Cnosos:
Leyenda del Minotauro:



 

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