domingo, 8 de diciembre de 2013

GIOVANNI BATTISTA BELZONI. EL SALTIMBANQUI QUE VIAJÓ A EGIPTO

En el año 1799 Napoleón Bonaparte envió a Egipto 165 eruditos de la Comisión de las Ciencias y de las Artes del ejército de Oriente para que midieran y dibujaran todos los monumentos que Vivant Denon había visto y para que continuaran investigando. El barón Dominique Vivant Denon había visitado Egipto en 1798 junto con un grupo de soldados y a su vuelta, con la ayuda de sus dibujos, consiguió que Napoleón viajara en persona al país del Nilo. Es el momento de aquella famosa frase de Napoleón: “¡Soldados! ¡Desde lo alto de esas Pirámides, cuarenta siglos os contemplan!”.   
En 1802 Vivant Denon publica su libro Le voyage dans la Basse et la Haute Égypte pendant les campagnes du général Bonaparte. Y entre 1809 y 1822 se imprime en París, en nueve volúmenes de texto y once enormes volúmenes de láminas, la Description o Recueil des observations et des Recherches qui ont été faites en Égypte pendant l’expédition de l’armée française publié par les ordres de S.M l’Empereur Napoleon, que constituye la base principal sobre la que se ha construido la egiptología. La famosa Déscription de l’Egypte.
Tras estas dos publicaciones, en Europa se desata el furor por Egipto y sus maravillas, iniciándose una época en la que se multiplicaron los saqueos de las tumbas y templos por parte de aventureros que vendían los tesoros a la clase adinerada europea o estadounidense o alimentaban las vitrinas de los museos. Entre ellos estaba Belzoni.
Giovanni Battista Belzoni nació en Padua en 1778. Se trasladó a Roma con dieciséis años para ganarse la vida y cuando estaba a punto de convertirse en fraile (en 1798) los franceses entraron en la ciudad. Tras esto, en 1802, se traslada a Londres donde, para subsistir, se convierte en saltimbanqui. Era muy alto, dicen que medía más de dos metros, y tenía una fuerza extraordinaria. Trabajaba en la calle, en ferias y en circos. Los carteles del teatro donde se exhibía lo presentaban como el “Sansón de la Patagonia” y aparecía en escena disfrazado de patagón, con plumas en la cabeza. Al final de espectáculo se le veía llevando un soporte metálico encima del cual iban doce personas de pie. Era la “pirámide humana”.  
Fuente: Vercouttier, Jean. Egipto, tras las huellas de los faraones
En 1812 dejó Inglaterra y viajó a Portugal y España. En 1814 viajó a Malta donde un agente de Mehmet Alí le sugirió que fuera a Egipto, país donde sus conocimientos de hidráulica serían muy apreciados. Conocimientos adquiridos no se sabe cómo.
En compañía de su mujer y de un criado irlandés, desembarcó en Egipto, donde conoció inmediatamente a Drovetti y Burckhardt, viajeros, aventureros y traficantes de antigüedades. Durante dos años trabajó en su invento: una máquina hidráulica más eficiente que sus contemporáneas, destinada a facilitar el riego. Tras hacer una demostración en el palacio de Mehmet Ali y demostrar que este aparato proporcionaba, en el mismo tiempo, una cantidad de agua seis veces mayor que la saquieh tradicional, Mehmet Alí se negó a comprarlo, influido por sus allegados. Con lo que Belzoni se quedó sin recursos en un país extranjero.
Es cuando se acordó de que Burckhardt le había hablado, en cierta ocasión, de una cabeza colosal de Ramsés II que yacía delante del Ramesseum, conocido en aquella época como el Memnonium y la estatua como el Joven Memnon. Burckhardt quería llevarla a Inglaterra para regalarla al príncipe regente. Belzoni pensó que quizá podría ganar algo de dinero con aquella cabeza, así que se presentó, junto con Burckhardt, en casa de Salt, que era el cónsul general de Inglaterra en Egipto. Salt vió, en esta operación, la posibilidad de satisfacer los deseos de Bankes, un rico coleccionista miembro del consejo de administración del British Museum, que le había pedido antigüedades para sí mismo y para el propio museo.
De esta forma, Salt adelantó el dinero necesario para el viaje de Belzoni a Luxor, además de una cantidad destinada a la compra de todas las antigüedades que pudiera descubrir.
Con el firman que le autorizaba para reclutar a los obreros necesarios, Belzoni salió de Bulak, el puerto fluvial de El Cairo, a finales de junio y llegó a Tebas el 22 de julio de 1816. Se dirigió inmediatamente al Ramesseum e inició los preparativos para el traslado. Cuando vio la cabeza “Su belleza superó todas mis expectativas, mucho más que su tamaño”, según relató en Voyages en Égypte et en Nubie, libro escrito por él mismo. También era un excelente dibujante y sus acuarelas se convertían rápidamente en litografías que los editores vendían.
Apenas habían llevado material para el traslado, tuvo problemas con el cachef, el gobernador de la región, para que le proporcionara los ochenta obreros que necesitaba, pero al final, el 27 de julio llegaron algunos hombres. Ante la incredulidad de los fellahs de Gurna, consiguieron mover el coloso lo suficiente como para poder introducir por debajo unas andas construidas con tablones de madera; una vez el bloque estuvo apoyado en ellas, lo levantaron para meter debajo unos rodillos, también de madera, primero la parte delantera y después la trasera. Ataron la cabeza a la estructura y para desplazarla unos hombres tiraban de las cuerdas y otros cambiaban los rodillos de atrás hacia delante.
Esta imagen es una acuarela de Belzoni, publicada en 1823. Está en la Biblioteca Nacional de París. El coloso de Ramsés II se encuentra en la gran sala de egiptología del British Museum.
 
El traslado fue una tarea ardua. Se tardaban diez días en mover la estatua unos 1200 metros. Un poco antes de llegar al Nilo, surgió otro problema más: se quedó sin obreros para continuar el traslado. Tras algunas explicaciones y un regalo al cachef, consistente en “dos bellas pistolas inglesas”, dos días después, el 7 de agosto volvieron los obreros y el 12 de agosto llegaron a la orilla del Nilo.
Mientras esperaba la llegada de un barco de tamaño adecuado, visitó las tumbas del Valle de los Reyes, Nubia y Abu Simbel. La primera tumba que descubrió fue la KV23, la del faraón Ay. En Filae toma posesión de un pequeño obelisco. Abu Simbel se encontraba tapado por la arena, y se prometió entrar allí alguna vez. El barco que esperaba seguía sin llegar y tuvo que buscar otro. Entretanto siguió con sus exploraciones: excavó en Karnak, donde descubrió dieciocho estatuas con cabeza de león (de la diosa Sekhmet), una estatua real y algunas esfinges, que se llevará junto con el busto.
El 17 de noviembre de 1816, tres meses después de haber llegado a la orilla del Nilo, el busto de Ramsés se embarcó camino de El Cairo, Alejandría y, finalmente, Europa.
Abú Simbel había sido descubierto por Burckhardt en 1813. Cuando Belzoni llegó allí, en 1816, esto fue lo que vio: “La arena acumulada por el viento del lado norte, en la roca que corona el templo, fue cayendo poco a poco hacia la fachada y sepultó la puerta en sus tres cuartas partes. Cuando me acerqué a este templo, perdí de golpe la esperanza de poder despejar la entrada, pues los montones eran tan grandes que no veía la posibilidad de llegar nunca hasta la puerta”.
Esto es lo que vio, según una acuarela suya, publicada en 1820.
Así que volvió al año siguiente, 1817, en compañía de tres ingleses, decidido a entrar en el templo. Tardaron cuatro semanas en despejar la entrada y entrar. “A la primera ojeada nos quedamos asombrados ante la inmensidad del subterráneo; pero nuestra sorpresa fue enorme cuando nos vimos rodeados de magníficos objetos artísticos de todo género, de pinturas, de esculturas, de figuras colosales”.
Interior de Abu Simbel, acuarela suya, publicada en 1820.
El calor en el interior del templo era de 44º y, además, se quedaron sin víveres, por lo que tuvieron que abandonar Abu Simbel el 3 de agosto de 1817, llevándose como recuerdo, eso sí, dos leones con cabeza de halcón, de tamaño natural, una pequeña estatua sedente y unos fragmentos de cobre que procedían de las puertas.
Volvió al Valle de los Reyes, decepcionado por no haber hallado un gran tesoro en Abu Simbel y allí descubrió la KV17, la tumba de Seti I, el padre de Ramsés II, considerada como la “capilla Sixtina” egipcia. También encontró la KV25, la KV16 de Ramsés I, la KV25 con dos mujeres, la KV19 de Mentuherkhepshef, la KV30 y la KV31.
Volvió a Europa en 1819, a Padua, donde fue recibido con honores. Escribió varios libros, entre ellos "Narrative of the Operations and Recent Discoveries Within the Pyramids, Temples, Tombs and Excavations in Egypt and Nubia and of a Journey to the Coast of the Red Sea, in search of the ancient Berenice; and another to the Oasis of Jupiter Ammon", publicado en Londres en 1820 y “Description of the Egyptian Tomb, Discovered by G. Belzoni”, publicado también en Londres en 1821.
Belzoni no fue el único en llevarse los tesoros de Egipto fuera del país. El saqueo, el robo de las antigüedades a principios del siglo XIX fue, a nuestros ojos, un escándalo. Pero pensemos también que, durante esa época, desaparecieron numerosos templos, estatuas y bajorrelieves, utilizados para construir fábricas o para ser quemados en hornos de cal.
Así que, todo aquello que estos aventureros de principios del siglo XIX robaron, es también todo aquello que salvaron y que ahora podemos contemplar en museos o colecciones privadas.
Bibliografía:
Vercouttier, Jean. Egipto, tras las huellas de los faraones.
La wikipedia, mejor en italiano:
 
El libro de Belzoni Narrative of the Operations…” está accesible en el siguiente enlace:

 

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