domingo, 19 de enero de 2014

EL CID: UN NOBLE VENIDO A MERCENARIO

Convertido en héroe por el conocido Cantar de Mio Cid, en realidad Rodrigo Díaz se hizo famoso en su época por ser un soldado invencible, un mercenario que se vendía al mejor postor, cristiano o musulmán. Un mercenario que conquistó territorios y que llegó a ser Señor de Valencia.
Este es el primero de los dos post de El Cid, que habla de él desde su nacimiento hasta la reconciliación con el rey Alfonso VI.
 

No se sabe a ciencia cierta en qué fecha nació Rodrigo Díaz. Las diferentes fuentes la establecen dentro de un período de nueve años, desde 1043 hasta 1054, aunque lo más probable es que naciera hacia el año 1048. Tampoco se sabe donde nació. Vivar era un lugar insignificante dentro de los amplios dominios familiares que, sin embargo, se menciona como su localidad natal en el Cantar de Mio Cid, sin duda como licencia poética.
Diego Laínez, su padre, era un hombre de frontera, un conquistador de territorios para la corona de León y Castilla, que se movía en los límites de su hacienda en Burgos. Se desconoce el nombre de su madre, aunque se sabe que pertenecía a una ilustre familia castellana, los Álvarez. Esto hacía que Rodrigo Díaz no fuera un noble de segunda, como se le atribuye en el Cantar de Mio Cid, sino un hombre que pertenecía con pleno derecho a la nobleza más poderosa de Castilla.
Quizá nos sorprenda ver que el apellido de Rodrigo es Díaz, y no Laínez como el de su padre. Esto es debido a que durante toda la Edad Media española, el apellido de los hijos hacía referencia al nombre del padre. Las desinencias en “-az”, “-ez”, “-iz”, “-oz” y “-uz” (y también las que sustituyen la “z” por la “s” en algunas zonas de la península ibérica) nos indica filiación paterna. Es decir, Rodrigo Díaz significa Rodrigo hijo de Diego. Diego – Díaz. Costumbre que se mantuvo hasta el siglo XV en el que empezó a instaurarse, por iniciativa del cardenal Cisneros, la obligatoriedad de los apellidos hereditarios.
Retrato de Rodrigo Díaz. Litografía.
Rodrigo se educó en la corte del rey Fernando I, junto al hijo de éste, el infante Sancho. Con ellos recorrió todo el reino de León y Castilla, iniciándose en ejercicios militares y saberes propios de la alta aristocracia de la época junto al infante Sancho. Fue entonces cuando surgió su interés por los reinos del otro lado de la frontera: los reinos musulmanes de Al-Andalus. De ellos provenían grandes tributos en forma de monedas de oro, así como noticias sobre el gran desarrollo artístico y la gran riqueza de la sociedad musulmana.
En 1064, con unos 15 ó 16 años, realizó su primera incursión en las tierras de las que tanto había oído hablar. Acompañó al infante Sancho hasta la capital del reino musulmán de Zaragoza. La misión era cobrar los tributos al príncipe de la taifa, al-Muqtadir. La taifa de Zaragoza asombró a Rodrigo, acostumbrado a la sobriedad castellana: mezquitas y palacios fastuosos, indumentaria cortesana deslumbrante, estancias palaciegas ricamente decoradas y una ciudad inmensa y dinámica.
Al llegar, conocieron que Ramiro, rey de Aragón, había irrumpido en la taifa de Zaragoza conquistando la plaza de Graus. Para reconquistarla, se formó un ejército mixto, con hombres del infante Sancho y del príncipe al-Muqtadir. Era una de las relaciones de alianza establecidas entre los reinos cristianos y musulmanes de la península: la ayuda mutua en caso de agresión exterior, viniera ésta de donde viniera.
Rodrigo aprendió de aquella primera batalla que la lucha que se estaba librando era por el control de las tierras, de sus gentes y, sobre todo, de sus tributos, dejando a un lado las creencias religiosas y las vinculaciones familiares. Por un lado, combatía un ejército de tropas cristianas y musulmanas con uno exclusivamente cristiano. Y por otro, el rey Ramiro de Aragón, que resultó muerto en la batalla que finalmente perdieron los aragoneses, era tío del infante Sancho.
Cuando murió Fernando I en 1065, su dominio se dividió en tres reinos independientes, Galicia, León y Castilla, gobernados respectivamente por los reyes García, Alfonso y Sancho, hijos de aquél.
Rodrigo quedó en la corte de Sancho II, como buen y fiel vasallo, ganándose en esa época el apodo de Campeador, versión romance (castellano antiguo) de la expresión latina campi doctor o campi doctus, que significa experto o vencedor en el campo de batalla. Durante su estancia junto a Sancho II debió ejercer algún cargo destacado en la corte, como guardián de las armas del rey o portador de su espada en ceremonias de la corte; cargo que no implicaría necesariamente lo militar.
En 1072, durante el cerco de Zamora, el rey Sancho murió asesinado por Bellido Dolfos. Le sucedió Alfonso VI y Rodrigo Díaz le rindió vasallaje con total normalidad, no produciéndose, como dice en el Cantar de Mio Cid, ningún encontronazo con el nuevo soberano. En el Cantar se dice que fue Rodrigo Díaz quien tomó juramento a Alfonso VI de no haber intervenido en la muerte de su hermano Sancho y que por ello fue desterrado. Otra licencia poética.
Jura de Santa Gadea, 1864, de Marcos Giráldez de Acosta (1830–1896)
La realidad era que Alfonso VI y Rodrigo Díaz mantenían unas buenas relaciones, aunque no llegó a tener la relevancia cortesana que tuvo con Sancho II. Prueba de esa relación cordial fue que el rey Alfonso VI concertó el matrimonio de Rodrigo con Jimena, hija del conde Diego de Oviedo y pariente del propio rey, lo que lo emparentaba con una familia de mayor rango que la suya. También lo prueba la confianza que depositó Alfonso VI al dejarlo a cargo de arbitrar, en nombre del rey, en pleitos especiales y de complejidad procesal.
Como embajador de León y Castilla ante los reyes de las taifas aliadas, en 1079 viajó hasta Sevilla y Córdoba para cobrar los tributos que estos monarcas debían al soberano castellanoleonés en virtud de los acuerdos de paz establecidos ente ellos. Era el segundo viaje de Rodrigo Díaz a las tierras del otro lado de la frontera, pero en esta ocasión era él quien comandaba la expedición. Al llegar a Sevilla, se encontró una situación similar a la que ya le había pasado en Zaragoza: un ejército estaba a las puertas de la ciudad. En esta ocasión, se trataba del rey de Granada que, junto con el cristiano García Ordóñez, asediaban la ciudad. Rodrigo ofreció su ayuda a al-Mutamid, rey de Sevilla, enfrentándose esta vez dos ejércitos mixtos de cristianos y musulmanes por la conquista y defensa de una plaza musulmana.
La batalla se convirtió en un duelo particular entre García Ordóñez y Rodrigo Díaz, ambos compañeros en la corte de Alfonso VI, aunque García Ordóñez algo por encima en el escalafón de la monarquía castellanoleonesa. El vencedor fue Rodrigo, quien esperaba de la corte un mayor reconocimiento del que recibió a su vuelta, ya que no pasó de recibir una mera formalidad, a pesar de que Rodrigo esperaba un ascenso en su carrera tras diez años al servicio de su señor, el rey Alfonso VI.
Lo que sí sacó en claro Rodrigo de esta segunda incursión fue la riqueza que envolvía las cortes musulmanas, una sociedad tentadora para los buscadores de fortuna. Había salido triunfante, junto a un ejército musulmán, frente a otro ejército teóricamente superior. Y la situación en la corte no le era muy favorable tras esta victoria, ya que los caballeros cristianos vencidos en Sevilla eran ahora sus enemigos. Curiosa situación en la España del siglo XI: caballeros aliados en una corte cristiana se asocian con reyes musulmanes para defender taifas. Esto muestra que lo que importaba no eran las creencias, sino el control del territorio y de las riquezas que éste podía ofrecer.
En este ambiente no resultó extraño que hacia el año 1080, Rodrigo hiciera su tercera incursión, esta vez de forma absolutamente independiente, en tierras musulmanas y en concreto en la taifa de Toledo. Sus hombres (cristianos y musulmanes) lo siguieron sin rechistar, confiando en el líder que los había llevado a la victoria en Sevilla, y se dedicaron durante unos días a saquear campos y a asaltar fortalezas, encuentros de los que salieron victoriosos y con un gran botín que se repartieron a su vuelta a Castilla.
Si Rodrigo esperaba reconocimiento por parte de Alfonso VI, se equivocó. El rey castellano, al saber de la incursión de su vasallo en Toledo, reino asociado con Castilla, no podía dejar sin castigo el ataque sufrido a las tierras de su aliado, el príncipe al-Qadir. Por lo que tomó una medida drástica: desterrar a Rodrigo Díaz de Castilla.
Es aquí cuando empieza la leyenda del Cid Campeador en el Cantar de Mio Cid como héroe de la España del siglo XI. Pero nada más lejos de la realidad. Rodrigo salió de Castilla con todos sus bienes, familiares y mesnada, decidido a hacer fortuna fuera de su patria. A partir de entonces se convirtió en un mercenario, un soldado que ofrecía sus servicios al mejor postor, cristiano o musulmán, para luchar contra musulmanes o cristianos.
Desde 1081 hasta 1087, Rodrigo Díaz se dedicó a vivir de los beneficios de la soldada, la captura de botines, el rescate de rehenes y la captación de tributos. Su primera intención fue la de ofrecer sus servicios a los condes de Barcelona, pero al no aceptar, se dirigió hacia la taifa de Zaragoza y al príncipe al-Muqtadir, con el que estableció un pacto de colaboración.
Escultura del Cid en la avenida del Cid de Valencia
Durante esos años venció tanto a musulmanes (a Alfagit, rey de las taifas de Lérida, Tortosa y Denia) como a cristianos (a Sancho Rodríguez de Aragón, al conde Berenguer Ramón II de Barcelona) en repetidas ocasiones. En la corte de Zaragoza fue reconocido y admirado por su talento político, diplomático y militar.
Hasta que en 1086, Alfonso VI es derrotado por una nueva fuerza musulmana que entra en la península: los almorávides. Necesitado de todos los hombres posibles, Alfonso VI llamó a Rodrigo Díaz a la corte, donde lo recibió y le ordenó la defensa del reino en la región valenciana. La reconciliación entre ambos parecía asegurada.
Rodrigo venció frente a todos aquellos que pretendían quedarse con Valencia (Mostain de Zaragoza; Alfagit de Lérida, Tortosa y Denia; y Berenguer Ramón II de Barcelona), recuperando para sí los tributos de Valencia y ganando, además, los de Sagunto y Alpuente. Ingresos que le permitían mantener un ejército perfectamente equipado y listo para ponerse a las órdenes de Alfonso VI, que no tenía que aportar nada para mantenerlo.
De hecho, Rodrigo fue uno de los príncipes cristianos que mayores ingresos percibió por el cobro de tributos a los reinos de taifas. Si Fernando I de Castilla y León  percibiría unos 40.000 dinares, Sancho II unos 10.000 y Alfonso VI unos 140.000, Rodrigo los superó a todos, recibiendo alrededor de 150.000 dinares, a los que debían sumarse sus otros ingresos. Era el hombre más poderoso y rico de la península. Y eso hacia el año 1090, antes de convertirse en el gobernador de Valencia.
La profesión de mercenario le resultó mucho más rentable que la de fiel vasallo y servidor de los reyes castellanoleoneses.
Bibliografía:
Alberto Reche, El Cid: La conquista de Valencia. Historia National Geographic nº88
Francisco Javier Peña Pérez, El Cid Campeador: Soldado, vasallo y príncipe. Historia National Geographic nº28
Francisco Javier Peña Pérez, El Cid, héroe de frontera. Historia National Geographic nº65
El patronímico castellano en “ez”: http://www.heraldaria.com/apellidos.php#12
Los apellidos españoles:
Esta vez no he consultado la wikipedia, pero por si alguien tiene curiosidad, dejo aquí el enlace directo: http://es.wikipedia.org/wiki/Rodrigo_D%C3%ADaz_de_Vivar
Y para los amantes de la literatura clásica, en la página web del “Camino del Cid” tenéis el cantar actualizado:
Por cierto, el Camino del Cid es una ruta de senderismo que, al igual que en el Camino de Santiago, te sellan un cuaderno en los lugares por donde pasas.
 
 
 

1 comentario:

  1. Rodrigo Díaz no fue un mercenario ni se vendió nunca al mejor postor. Te recomiendo un libro bastante bien documentado de F. Javier Peña Perez, que no es que sea demasiado simpatizante del Cid, según puede apreciarse en su obra, pero que sin embargo concluye diciendo, en referencia a si Rodrigo era o no mercenario: Desde luego, lo de mercenario carece totalmente de sentido.

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